martes, 16 de junio de 2009

Pochoclo I

Ga: estabas en Azul, conmigo y un chabón. Nos perseguía un equipo de gente armada, supongo que era la cana o algún otro escuadrón estatal. No recuerdo cómo llegábamos a esa situación, pero estábamos en mi casa, acorralados contra una ventana, y los que nos perseguían estaban a punto de llegar.
Así que lo hiciste, rompiste el vidrio y saltaste. El chabón y yo supimos que teníamos que saltar. Tuve miedo, pero lo hice. Al ir cayendo, primero vi la copa de un árbol, luego las ramas, el tronco. Pensé que me mataba, pero caí como agachada y apenas sentí el impacto.
No vi más al chabón, pero corrimos como locas porque era cuestión de segundos antes de que nos vieran, y no somos las mejores corredoras del mundo. Vos me seguías porque yo era la local. De repente se me ocurrió una idea: la casa de sepelios que está en la esquina de casa.
Había mucha gente afuera, casi como si fuera una fiesta. Mesitas, gente charlando, vasos de jugo semivacíos, un par de amas de casa con sus escobas. Atravesamos el gentío y entramos.
El interior era más bien como de una capillita, no una casa de sepelios, pero ni me lo pregunté. Nos sentamos al fondo, con la cabeza baja por las dudas.
En algún momento empezó la misa. Alguien pronunció un recordatorio sobre Luciano Arruga (sí, me sorprendió un poco) y cuando terminó, pensé en cuán ridículo iba a ser tener que fingir que participábamos de la ceremonia para pasar desapercibidas. Estaba a punto de decirte que, como ex-católica, siguieras lo que yo hacía. Pero abrí los ojos y ya estabas lejos, a muchos barrios de distancia, y -espero- sin el SWAT sobre tu pista.